Rafael Mañueco, corresponsal de ABC y del grupo Vocento en Moscú, firma esta crónica en que valora los escasos progresos de la cruzada anticorrupción que pretendía emprender el presidente ruso, Medvedev.
Desde que cayó el régimen soviético -dice Mañueco-, los intentos de los sucesivos presidentes rusos de erradicar la corrupción han sido tan numerosos como inútiles. Ninguna de las cruzadas lanzadas hasta la fecha han conseguido eliminar la lacra. Uno de los primeros anuncios hechos por el actual presidente ruso, Dmitri Medvédev, nada más tomar posesión de su cargo, hace poco más de un año, fue la creación de un Consejo Anticorrupción. Según sus palabras «la corrupción en Rusia alcanza niveles exorbitantes».
En Rusia hay que pagar sobornos para que los niños sean admitidos en el colegio, para lograr que en el hospital te operen a tiempo, para agilizar cualquier trámite burocrático y, si se tiene algún familiar en la cárcel, para garantizar su bienestar. Los empresarios deben tener el talonario preparado para ganar una concesión o para evitar la visita de los inspectores de hacienda. Los inmigrantes, incluso los legales, también tendrán que apoquinar si no quieren que la policía encuentre algún defecto en su documentación.
Según un sondeo, el 58% de los rusos creen que la corrupción es algo inevitable contra la que no se puede hacer nada. Su origen, de acuerdo con las respuestas del 44% de los encuestados, se debe a «la codicia e inmoralidad de los funcionarios».
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