Artículo editorial del principal diario de Barcelona ante la visita del presidente Medvedev a España que se inicia esta tarde:
DESDE que Dimitri Medvedev, un protegido de Vladimir Putin, ganó las elecciones presidenciales, ahora hace un año, el panorama ha cambiado para Rusia. Los precios del petróleo, que rozaron los 150 dólares el barril, hicieron que el gigante venido a menos volviera a crecer y pidiera más respeto. Pero, desde el otoño pasado, la crisis financiera global y la caída de los precios del crudo, ahora en torno a los 50 dólares, han sumergido a Rusia en la recesión. Una prueba de los nuevos tiempos: el presidente Medvedev, que el lunes iniciará una visita oficial a España, ha destituido recientemente a cuatro gobernadores regionales cuyos dominios batían los récords de desempleo.
Rusia ha librado dos guerras frías desde el siglo XIX: la primera, en Asia Central, contra Gran Bretaña, en lo que se denominó el Gran Juego, y la segunda, contra Estados Unidos, que en 1945 tomó de los británicos el relevo en el escenario global. Una vez acabada la segunda guerra fría, Rusia se encogió mientras la OTAN, al extenderse por el antiguo Pacto de Varsovia, se instalaba a sus puertas. Jacques Attali ha comparado el trato dispensado a Rusia con el tratado de Versalles, que humilló a Alemania. A algunos les puede parecer esto exagerado, pero lo decisivo no es lo que piensen los occidentales, sino lo que está incubando Putin, ahora primer ministro pero el auténtico hombre fuerte.
Los europeos acusan a Putin de ser autocrático, de no haber roto con el pasado, de no reconocer la nueva realidad en el antiguo Este europeo y de seguir comportándose como un poder imperial. Pero la Rusia de Putin no acepta las lecciones de democracia que le da Occidente ni está de acuerdo con las reglas que hoy día, después de la guerra fría, siguen siendo decisivas en la escena internacional.
El general Charles de Gaulle habló de una Europa que debería extenderse desde el Atlántico hasta los Urales. Y Mitterrand y Gorbachov se refirieron a Europa como una casa común. Estas dos ideas, sin embargo, no fueron posibles porque la Unión Europea, al final de la guerra fría, se estaba haciendo mientras la Unión Soviética se estaba deshaciendo. Pero ahora, cuando Rusia se rehace, estas ideas parecen igualmente impensables. Rusia es una autocracia que teme el contagio democrático. Y la prueba es Putin, que dejó la presidencia en manos de Medvedev pero sigue mandando como primer ministro. Churchill ya se refirió a Rusia como "un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma". Pero Occidente también tiene que esforzarse para que Rusia coopere en la escena global.
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