Valiente y claro este artículo de nuestro colaborador Valentín Popescu publicado esta vez en el boletín del Centre d'Estudis Jordi Pujol.
PUTIN, POR LA SENDA DE LOS ZARES
Valentín Popescu
La guerra ruso-georgiana de este verano ha conmocionado al mundo, pero no ha sorprendido a nadie porque era un conflicto que se veía venir, una “guerra anunciada”.
O, para hablar con propiedad, era un “aplastamiento anunciado” porque la correlación de fuerzas era, más o menos, similar a la del enfrentamiento el siglo pasado entre los Estados Unidos y Granada.
Y a pesar de que todo el mundo – Washington y el cuartel general de la OTAN, los primeros – esperaba esta agresión rusa, ningún político occidental supo como impedirla. Ni siquiera los Estados Unidos pasaron en ningún momento más allá de la defensa verbal de la República caucásica. Aunque, eso sí, habían advertido repetidamente a lo largo de este año al presidente georgiano Mihail Saakashvilli de que las acciones militares contra los territorios autónomos de Abjasia y Osetia del Sur (cuya seguridad estaba garantizada militar y jurídicamente por Rusia desde principios de los años 90) constituían auténticos conatos de suicidio, beneficiosos sólo para Moscú.
CONSTELACIÓN ÓPTIMA PARA EL RESURGIR RUSO
La Rusia de Vladimir Putin no es la Unión Soviética de Stalin,... pero se le parece mucho. Entre otras cosas, porque la evolución social rusa (conciencia cívica, mentalidad, estructuras democráticas, escasa independencia de la Justicia, nula transparencia del poder policial y del político, etc.) ha variado muy poco de la imperante en la Rusia zarista, primero y comunista, después. Además, esta evolución tiene aún demasiadas reminiscencias de la situación imperante en el bien lejano reino de Iván el Terrible.
Pero así y todo, la política de resurgir nacional seguida por Putin (desde la presidencia, primero, y ahora desde la jefatura del Gobierno) es legítima y coherente : defiende los intereses nacionales rusos y aprovecha al 100% la coyuntura político-económica favorable para ir devolviendo poco a poco al país a la condición de segunda potencia mundial que tuvo la URSS de los años 60 y 70.
En el escenario de la política mundial, Putin aprovechó la debilidad política y militar en que habían sumido a los Estados Unidos los errores del presidente George W. Bush. En el terreno económico, Rusia se ha beneficiado más que nadie del encarecimiento desbocado del petróleo registrado en el último quinquenio. Y en su propia casa, ese resurgir del país le ha congraciado a Putin con muchísimos rusos que aun hoy no saben bien si se han de alegrar de la desaparición del partido único y la policía política estalinista o añorar el prestigio perdido de ser ciudadanos de la “otra” superpotencia del mundo.
Naturalmente, esta recuperación rusa tiene todavía los pies de barro y Putin es el primer en saberlo. Económicamente, el país ha crecido ante todo a base de la venta de materias primas y unas bases sólidas para un crecimiento continuado presupone mayor densidad industrial y continuar con el enorme mercado y los múltiples centros productores que formaban parte de la URSS. Para ello, Moscú se aseguró por unos medios u otros, la cooperación de todos los territorios ex-soviéticos imprescindibles, empezando por el Kazkstán.
SAAKASHVILLI PERDIÓ LA GUERRA EN CHECHENIA
Pero en este tinglado de coincidencias económicas y concordancias políticas fallaban dos piezas : Ucrania Y Georgia. Ucrania, cuna histórica de Rusia, es imprescindible para el resurgir ruso a pesar de ser como potencia militar infinitamente más débil que Rusia. De ahí que los dirigentes ucranianos que creen que una aproximación de la República a occidente es la mejor opción para el país se hayan cuidad muy mucho de no estirar más la mano que la manga. El distanciamiento ucraniano de Moscú no sobrepasó nunca el limite de tolerancia ruso, pese a que un eventual socorro militar occidental a Ucrania es logísticamente factible por razones de proximidad geográfica.
Nada de eso sucedió en Georgia La República caucásica tiene vínculos muy tenues con Rusia, está demasiado lejos del mundo democrático para recibir de este una ayuda militar rápida y eficaz y, sobre todo, en su miedo a caer nuevamente bajo la tutela de Moscú se pasó de la raya. Quizá el Kremlin habría soportado los alardes pro occidentalismo de Saakashvilli, pero difícilmente podía tolerar que una plataforma estratégica cómo Georgia - entre Turquía y el sudoeste asiático - irrumpiera en el negocio energético con la construcción de un oleoducto que lleva petróleo – la “mejor” mercancía rusa en su comercio con occidente – desde Azebaidjan y demás productores de la zona directamente al mercado europeo, orillando así el casi monopolio ruso de este comercio.
El Kremlin tardó en reaccionar y hasta pareció tolerar las represalias militares georgianas en las zonas autónoma. Pero lo hizo en parte a la fuerza – porque no se sentía aun lo suficientemente poderosa frente a Washington -, en parte por la seguridad de que Saakashvilli, sin programa ni equipo gubernamental de talla, acabaría hundiéndose políticamente.
Y, sobre todo, porque Moscú concedía una prioridad absoluta al conflicto chechenio; allí ya habían muerto cerca de 100.000 personas, en tanto que en Osetia y Abjasia las victimas se cuentan por millares.
Posiblemente Saakashvilli no se percató de todo esto, pero aunque lo hubiera previsto no le quedaba campo de maniobra. Su llegada al poder se basaba en dos promesas irrealizables : una, la de una elevación notable y rápida del nivel de vida. Y la otra, la de un nacionalismo rabioso e intolerante con los territorios autónomos de Osetia y Abjasia, de poblaciones intensamente rusificadas ya desde la era comunista por decisión personal de Stalin.
Así que, fracasada la ilusión del bienestar, a Saakashvilli para mantenerse en el poder sólo le quedaba la baza de la intolerancia nacionalista. En un principio esta pareció tener éxito porque en los momentos más críticos del conflicto chechenio, el Kremlin refrenó las ansias independentistas osetia y abjasia ya que no podía predicar simultáneamente una línea política en casa y exactamente la contraria en Georgia. Pero los minúsculos éxitos militares georgianos en Osetia y Abjasia en el último quinquenio no fueron más que espejismos a los que Saakashvilli se agarró con tanta desesperación que acabó ahora sirviéndole en bandeja a Moscú un pretexto válido para imponer militarmente su voluntad a Georgia.
Para redondear el contraste entre la imprudencia suicida de la política de Tiflis y la prudencia milimetrada del Kremlin, obsérvese que el Ejército ruso ha destruido, ocupado y paralizado cuantos centros militares y vías de comunicación georgianas le ha parecido..., pero no ha tocado ni una válvula de los oleoductos que llevan a través de Georgia petróleo del sudoeste asiático a Turquía
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