Los europeos que hacen negocio con Rusia

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Xavier Batalla, corresponsal diplomático de La Vanguardia, da en el clavo cuando enumera los intereses que mueven a determinados países occidentales al hacer negocio con el actual aparato gobernante en Rusia.

Hoy habla de Italia, lo que explica la buena amistad entre Putin y Berlusconi. Alemania ya la deja fuera del análisis porque aún es más escandaloso.

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Putin y Berlusconi hacen buenas migas

Artículos como éste permiten entender mejor el slencio cómplice o la tibieza de la Unión Europea a la hora de juzgar a Rusia.

No pierden gas

Xavier Batalla

Una de las posibilidades que los europeos dicen barajar para tener unas relaciones más fluidas con Rusia es la de buscar alternativas a sus suministros de petróleo y gas. Los europeos dependen de la energía de Vladimir Putin, lo que, en buena parte, explicaría el hecho de que la Unión Europea, dividida, haya decidido no imponer sanciones a Rusia a propósito de la guerra relámpago de Georgia el pasado agosto.

El problema es cómo los europeos pueden zafarse de la dependencia rusa. No sólo se trata de buscar otras fuentes. El problema es aún más complejo. Europeos y rusos están separados, como si el antiguo telón de acero de la guerra fría simplemente se hubiera desplazado hacia el este. Winston Churchill denunció en la Universidad de Fulton (Misuri), en 1946, que un telón de acero desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, había caído sobre Europa. Ahora, dos decenios después del final de la guerra fría, Moscú desconfía de la Unión Europea y de la OTAN porque considera que su expansión hacia el este amenaza a su esfera de influencia, desde Bielorrusia hasta Georgia, en el Cáucaso, pasando por Kosovo. Pero, al mismo tiempo, la Unión Europea y Rusia están conectadas por una formidable red de oleoductos y gasoductos de la que dependen energéticamente los países comunitarios. Y en esta relación de dependencia, tan culpable podría ser el que da gas como el que recibe.

El caso italiano es paradigmático. Silvio Berlusconi, primer ministro de Italia, y su homólogo ruso, Vladimir Putin, tienen algo más en común que sus chistes y salidas de tono. Mantienen una magnífica relación personal desde que se entrevistaron por primera vez en el año 2001. Berlusconi ha invitado a la familia Putin a su mansión de Cerdeña. Y Putin ha correspondido ofreciéndole su casa de Sochi, en el mar Negro. Pero hay que ser realistas: no es un asunto personal, sino de negocios. Los dos dirigentes han demostrado que la política es hacer negocios. Y ninguno pierde con el gas. Los ejemplos son abundantes.

Eni, el grupo energético cuyo 30 por ciento es propiedad del Estado italiano, y Gazprom, el gigante estatal ruso, se han hecho socios para explotar el gasoducto que suministrará gas siberiano a Italia. Eni y Enel, grupo eléctrico italiano, también comparten con Gazprom la explotación de los yacimientos de gas de Yukos, la compañía que fue propiedad del oligarca Mijail Jodorkovsky (hoy en la cárcel por desafiar a Putin) y que adquieron en una subasta. Enel también ha comprado una buena porción de OGK-5, una compañía energética rusa. Y el pasado abril, Gazprom anunció su intención de compartir con Eni la gestión de un gasoducto que suministrará gas libio a Italia. Todo esto en lo que se refiere a la dependencia italiana, pero para hablar de la alemana haría falta una columna bastante mayor que esta.

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