Diversos artículos de opinión publicados en España a raíz de la guerra abierta entre Rusia y Georgia ponen de manifiesto que queda clara la responsabilidad de Putin en la dirección del conflicto. Medvedev ha renunciado en favor de su primer ministro, cosa que no sucedió por ejemplo cuando Putin presidía el país y no delegaba en su segundo la estrategia bélica en Chechenia, por ejemplo.
Destacamos dos artículos. De una parte, el editorial de El País titulado "Putin en guerra" en el que el diario madrileño expresa su convicción de que "con el duro ataque contra Georgia, Putin quiere dejar claro, además, que el papel de Rusia como gran potencia es indiscutible y que, por tanto, no tolerará cambios en el statu quo regional en contra de su voluntad. Porque consentir una iniciativa como la de Georgia en Osetia no sólo supondría debilitar la posición de Rusia en el Cáucaso, sino arrojar sombras sobre el lugar que se propone ocupar en el ámbito internacional".
Por otro lado, Alffredo Abián, en La Vanguardia, destaca que Rusia está acorralada" y añade "RUSIA y Georgia protagonizaron ayer su enésimo choque militar desde que la segunda se independizó en 1991. El escenario de la batalla es la minúscula región autónoma de Osetia del Sur, de abrumadora mayoría prorrusa, aunque enclavada en Georgia. Antes de que arrecie el fácil tiro al pichón moscovita, que aún no está reconocido como deporte olímpico, conviene recordar. Occidente, con Estados Unidos al frente, aplaudió con entusiasmo de claquero la desmembración de la Unión Soviética hace 17 años, gracias a las labores dinamiteras del ingenuo Gorbachov y del sátrapa Yeltsin. Las antiguas repúblicas del Este se independizaron y cambiaron de alianza militar, abandonando el cuerpo inerte del Pacto de Varsovia. Así, Hungría y la República Checa ingresaron en la OTAN en 1999, de la mano de Polonia. Cinco años después lo hicieron Rumanía, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia y Lituania. Y ahora, Washington pretende hacer lo propio con Georgia y Ucrania. Ahí radica el conflicto. En la voracidad insaciable aliada para crear un cordón en torno a la Federación Rusa que le impida reconstruir su influencia. Un telón que, en lugar de acero bolchevique, sea de colores, como el arco iris de revoluciones apoyadas por Occidente para alejar del poder a los rusófilos. Pero Putin, que ayer fue irónicamente abrazado por Bush en el Gran Salón del Pueblo de Pekín, no parece dispuesto a ceder ni un palmo más de territorio y de poder. No crean que su estrategia es hija bastarda de delirios imperiales zaristas o soviéticos. Alguien tan poco sospechoso como el difunto Alexander Solzenitsin ya denunció antes de morir los intentos de la OTAN por asfixiar a Rusia y arrebatarle su soberanía. Tomen nota, porque la guerra fría, como la materia, no se destruye; simplemente se transforma.