Svetlana Medvedeva, la zarina

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No ha tomado posesión todavía Dmitri Medvedev de la presidencia de la Federación Rusa y ya se han disparado las hipótesis sobre el papel que ejercerá su mujer, Svetlana, como primera dama. Se compara especialmente con el papel más bien diecreto que han tenido otras predecesoras en el honor de residir en el Kremlin.

La crónica es de Rafael Mañueco, corresponsal de ABC:

Nunca hubo «primeras damas» en el Kremlin, hasta que llegó Raisa Gorbachov. Ahora destaca la esposa de Dmitri Medvédev, quien debe buena parte de su éxito a la estrategia y tenacidad de Svetlana.

El concepto de «primera dama» no existió en la Rusia comunista. Las esposas de los gerifaltes soviéticos no eran relevantes. No solían acompañar a sus maridos en los actos públicos ni tampoco durante sus viajes. Eran gruesas matronas de gesto severo y carentes de glamour. Con la única excepción de Raísa, la mujer de Mijaíl Gorbachov. Ella rompió los moldes y consiguió transformar la idea que se tenía de las féminas rusas.

Svetlana%20Medvedev.jpg Svetlana Medvedeva

Naína, cónyuge de Borís Yeltsin, ahora viuda, no tuvo tanto éxito como Raísa, fallecida en 1999, pero con su dulzura y don de gentes supo mantenerse a la altura de las circunstancias. Peor parada ha resultado Ludmila, la esposa de Vladímir Putin, poco amiga de los eventos públicos, con escaso carisma y sin demasiado gusto a la hora de elegir modelitos. Además, Ludmila se ha descuidado completamente en los últimos años. No le importa mostrar una figura que recuerda los generosos volúmenes de sus predecesoras soviéticas. Lleva mal el tener que pasar tantas horas sola en casa y es hipersensible a la presión psicológica de su marido y a sus constantes reproches.

Un cambio en ciernes
Pero con la llegada al Kremlin de Dmitri Medvédev, ganador de las elecciones presidenciales del pasado 2 de marzo, todo va a cambiar. Su media naranja, Svetlana Linnik, apellido que cambió por el de Medvédeva al casarse en 1989, es mundana, culta, elegante, asidua de las pasarelas más cotizadas y de todo tipo de acontecimientos sociales, galas benéficas incluidas. Esta resplandeciente rubia se codea desde hace años con la flor y nata de la élite rusa. Es íntima amiga de Tatiana Mijalkova, mujer del cineasta Nikita Mijalkov, y de Alla Pugachova, la reina del «show business» ruso. Practica esgrima con las hijas del alcalde de Moscú. Su modisto preferido es Valentín Yudashkin, diseñador de los uniformes del Ejército ruso, pero se viste también en Milán, en las tiendas de la calle Montenapoleone. Los paparazzi se frotan las manos.

Svieta y Dima, diminutivos respectivos de Svetlana y Dmitri, nacieron en San Petersburgo el mismo año (1965). Se llevan tan sólo unos meses. Se conocieron cuando tenían 7 años de edad en la escuela número 305 de Kúpchino, uno de los barrios periféricos de la antigua capital imperial rusa. Pero no empezaron a salir hasta que cumplieron los 14. Tuvieron un noviazgo que duró dos lustros con altibajos e incluso con cambios esporádicos de pareja. Cuentan sus antiguos maestros que ella tenía varios pretendientes y él sufría enormemente con cada separación. La vida en el San Petersburgo de los años 70 y 80 no ofrecía grandes atractivos a los adolescentes. Según Irina Grigoróvskaya, una de las profesoras de Medvédev, lo que más le gustaba era pasear por el parque en compañía de Svetlana. A veces, se iban después a casa de los padres de ella a escuchar música. Aunque a precios prohibitivos, en el mercado negro se podían comprar discos de las principales estrellas del pop mundial.

Ambos proceden de medios familiares instruidos, lo que en la URSS no era sinónimo de desahogo económico. El padre de Dmitri era profesor de matemáticas en el Instituto Tecnológico de la ciudad, aunque hay quien asegura que la asignatura que enseñó realmente fue marxismo-leninismo. Su madre impartió lengua rusa en el Instituto Pedagógico. El progenitor de Svetlana era oficial del Ejército. Su madre tenía educación superior, pero los constantes cambios de destino del marido la obligaron a dedicarse más bien a la casa. Lo que sí tenían ambas familias eran contactos para lograr que sus hijos ingresaran en la Universidad. Svetlana empezó a estudiar en el Instituto de Economía y Finanzas y su prometido en la Facultad de Derecho. Las nuevas ideas de «libertad y democracia» que trajo Gorbachov con su «perestroika» les sorprendieron poco antes de acabar la licenciatura, en 1987.

Su afición a las «tushovkas», palabra rusa que viene a significar «sarao», le surgió a Svetlana después de finalizar los estudios. Corría el año 1988 y sus compañeros de carrera cavilaban sobre la forma de hacerse ricos. Gorbachov había introducido ya los rudimentos del futuro capitalismo con la ley de cooperativas. Su novio, con el que contraería matrimonio un año después, andaba enfrascado en la tesina de postgrado, en sus disertaciones sobre derecho civil, daba clases y colaboraba en una revista como asesor jurídico.

Quienes conocen bien a la pareja aseguran que Medvédev era entonces «feliz» como profesor de derecho, con sus libros y conferencias. Pero en casa entraba poco dinero. Por imposición expresa de su esposo, Svetlana no trabajaba, aunque, según sus profesores, reunía todas las condiciones para haber hecho una brillante carrera. Vivían con estrecheces en la casa de los padres de ella.

Empujón hacia la cumbre
Gracias a sus múltiples contactos obtenidos en las veladas que organizaba, Svetlana le encontró a su marido un trabajo más prometedor y mejor remunerado. Dmitri acabó convirtiéndose en director de una importante papelera, Ilim Palp, donde consiguió reunir una pequeña fortuna. Sus dotes como gestor y su amistad con Anatoli Sobchak, que sería después alcalde de San Petersburgo, elevaron su reputación y el estatus social de la familia. Cuando sus vidas se cruzaron con la de Vladímir Putin, el camino hacia la fama y el poder se abrió ante ellos.

Se dice que todo lo que hoy día es Medvédev se lo debe a Svetlana, mujer voluntariosa y de carácter. Algunos la tachan directamente de «mandona». Ella hizo que su consorte dejase de ser ateo y abrazara la religión ortodoxa meses antes de la boda. Condecorada con la Orden de la Iglesia ortodoxa, la primera dama rusa dirige, en colaboración con el Patriarca Alexis II, un programa para lograr que las nuevas generaciones «recuperen el orden, los valores y las costumbres cristianas». Iliá, el único hijo del matrimonio, nació en 1996. Vivirían tres años más en San Petersburgo antes de trasladarse a vivir a la capital rusa. Svetlana supo introducirse pronto en lo más selecto de la sociedad moscovita. No resultó muy difícil porque saltaba a la vista que Medvédev eran un joven prometedor. Tenía sólo 34 años y era ya la mano derecha de Putin. Svetlana continuó promoviendo la figura de su amado en todos los ámbitos posibles.

El propio Medvédev reconocía hace poco que su cónyuge «se encarga de cubrirme la retaguardia». En los recientes comicios, Svetlana consiguió del Patriarca ortodoxo una declaración de apoyo explicitó a su marido. Movilizó también a la comunidad judía rusa. Ella es de origen hebreo y, al parecer, también lo es Medvédev, cuyo apellido, según determinadas fuentes, alteró su padre para ocultar el verdadero, Mendel. El actual aspecto físico del nuevo presidente ruso es también obra de su costilla, a golpe de piscina, gimnasio y yoga. El resultado salta a la vista y el flamante jefe del Kremlin aparenta ahora menos edad de la que tiene. La prensa rusa vaticina que Svetlana será una primera dama destacada y peculiar. Afirman que incluso asesorará a su esposo en las grandes decisiones de Estado

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