Una canción del desván grotesco del grupo catalán la Trinca nos hablaba en la transición de las virtudes del bidet, que refresca "por delante y por detrás". Pues bien, ahora Anna Grau, una periodista y escritora catalana muy viajada, residente en Nueva York desde hace unos años, radiografía Putin en el confidencial El Singular Digital. Lo hace "por delante y por detrás".
Leer el artículo en catalán. Aquí va la traducción.
Putin por delante y por detrás
Anna Grau
La revista Time ha distinguido al presidente ruso, Vladimir Putin, Personaje del año 2007 por su “liderazgo extraordinario” y por como esta circunstancia ha conllevado “estabilidad en su país”. Time fue el primer semanario de información general de los Estados Unidos, fundado el año 1923. De vez en cuando buscan el impacto, alborotar el gallinero, al nombrar persona del año a gente como Hitler (1938) o Stalin (dos veces, en 1939 y en 1942), por aquello de que no siempre se destaca por lo positivo. La persona más importante del año puede ser también la más malnacida.Además, si Hitler no hubiera perdido la guerra ahora hablaríamos de él de otra manera. Como muchos aún hablan de Stalin: como una especie de tumor, de exageración cancerígena, que contaminó un organismo cargado de buenas intenciones, básicamente sano. Y en cambio la Unión Soviética no fue menos esencialmente horrorosa que la Alemania nazi. No murió menos gente. Ni siquiera fue mucho menos antisemita. La única diferencia es que como ellos “ayudaron” a ganar la guerra, se les dejó hacer. Y a ir tirando.
Biógrafos comparados de Hitler y de Stalin destacan con acierto cómo la diferente fortuna de estos iluminados se decide de puertas afuera: de puertas adentro, el sistema soviético es mucho más invasivo para las libertades individuales que el sistema nazi, y lo es desde el primer día. Sólo el inhumano y virulentísimo Holocausto judío se pone a la altura de las grandes crueldades del gulag y las purgas estalinistas. Para la población alemana no judía, Hitler es un gobernante mucho más llevadero cotidianamente que Stalin.
En cambio, en política exterior cambian los papeles: Stalin deviene conservador, cínico y posibilista. Hitler pierde el sentido, se lo quiere comer todo, corre riesgos delirantes. Si hubiera hecho lo mismo que con él haría posteriormente Stalin, si se hubiera contentado con poner bajo su bota toda Europa del Este, manteniendo pactos de no agresión con el resto, aún hablaríamos de él como de alguien que cometió “errores desgraciados” con los judíos, pero vaya, la intención era buena. David Irving sería un tío cojonudo. Sólo una implosión interna, como la de la URSS, habría puesto punto final a aquel sistema.
¿Se repite la historia, sesenta años después? Muchos consideran a George W. Bush (que también ha sido persona del año en Time dos veces, en el 2000 y en el 2004) uno de los peores presidentes norteamericanos de la Historia, a la cuál pasará por el fracaso bélico, económico, humano y ético de la guerra de Irak. Pasará a la Historia por la vergüenza inmoral de Guantánamo. Es fácil que sea el malo de la próxima película de Indiana Jones.
Pero, ¿y Putin? La misma revista Time admite en la letra pequeña que aún le falta mucho para ser considerado un demócrata. Que se lo pregunten a Mikhail Khodorkovsky, el oligarca petrolero ruso expropiado y enviado fulminantemente a Siberia -ah, camaradas, como en los viejos tiempos...-, oficialmente por evasión de impuestos, pero muchos creen que por haber sido una de las pocas amenazas reales al poder de Putin. Como lo es aún el excampeón mundial de ajedrez Garry Kasparov, éste sí, nada sospechoso de representar ninguna mafia rusa. Y que también ha pasado puntualmente por la cárcel. Toda Rusia es un Guantánamo en potencia.
Una de las experiencias más filosóficamente alucinantes de mi vida la viví asistiendo a una conferencia de André Glucksmann en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, hace unos pocos años. El hombre hablaba del horror inauditamente brutal, arcaico, de Chechenia. Denunciaba la generalizada indulgencia progre con Putin. Uno del público se le encaró: “¿Y usted dice que es de izquierdas? Pues a mi este discurso me suena igual que el que dice la FAES!”. Un Glucksmann triste, sereno, le respondió: “Sepa usted que yo no me considero obligado a demostrar que soy de izquierdas, especialmente cuando en Europa ya no quedan partidos dignos de este nombre”. “¿Pero tú has visto qué prepotencia? ¿Qué se ha creído?” me decía a la salida de la conferencia un entonces miembro de la cúpula judicial española, de la cuerda del PSOE, “si Glucksmann tiene mala conciencia por los errores del pasado, a mí qué me explica! Yo no tengo ni un ápice de mala conciencia!”.
Éste es el problema, pensé aquel día. Y cuando ví la cara de Putin en la portada de Time. Y con la revista en la mano, me sentí como la princesa Letizia en la portada de El Jueves.
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