En su columna dominical de La Vanguardia, el destacado analista Carlos Nadal afronta la realidad rusa tras los últimos acontecimientos. "Putin y su clan estrechan cada vez más el círculo cerrado de una autocracia seudodemocrática", dice en su artículo.
Veamos el artículo "Rusia, democracia dirigida".
En poco tiempo, Putin ha jugado sus cartas con decisión y rapidez. Supo cómo plantear las elecciones generales de junio para que su partido, Rusia Unida, ocupara holgadamente la mayoría de los escaños en la Cámara parlamentaria junto con pequeños partidos subordinados. Luego, a través de su partido, hizo saber que el actual viceprimer ministro, Dimitri Medvedev, era el candidato a sucederle en las elecciones presidenciales del próximo 2 de enero. Y, últimamente, el mismo Medvedev ha indicado que le gustaría bajo su presidencia tener como jefe de Gobierno al propio Putin.Un certero movimiento de piezas y todo queda en casa, entre los conocidos como siloviki,el clan de San Petersburgo, que se hizo con el poder durante y después de la presidencia de Yeltsin. Cabe preguntarse si aquella famosa frase de que "conviene que todo cambie para que no cambie nada" hay que entenderla en Rusia en el sentido de que no cambie nada para que nada cambie. Y sin embargo, Rusia cambia. A su manera.
Curiosamente, es legítimo hacer estos juegos de palabras y de conceptos en uno de los países que más radicales y hondas transformaciones han vivido en el siglo XX. Lo fue, con extraordinaria resonancia mundial, la revolución de octubre de 1917. Y también la manera como, después de setenta años, la URSS y el comunismo se derrumbaron como un castillo de naipes.
Todavía vivimos en gran medida bajo los efectos de este hacerse y deshacerse de la URSS, que durante casi setenta años atrajo apasionadamente las esperanzas, a veces hipnóticas, los miedos, adhesiones o rechazos no sólo de Europa sino de todo el mundo. Tan súbita fue la desintegración de la URSS, que ocasionó reacciones totalmente contrarias a las existentes en el tiempo de su larga y potente perduración. Se vio en Rusia un coloso derribado al que ya casi ni valía la pena tener en cuenta. El mundo entraba en otro tiempo: el del cenit de la era norteamericana. Yeltsin personificaba una Rusia entrada en una de sus históricas caídas en época de turbulencias. Mientras, la Unión Europea e incluso la OTAN se implantaban y reforzaban en naciones que anteriormente habían sido sovietizadas o incluso repúblicas de la Federación Rusa.
Así, Estados Unidos ganaba definitivamente la guerra fría e incluso, de alguna manera, pasaba a ser beneficiario preferente de la victoria en la Segunda Guerra Mundial.
La derrota soviética en Afganistán en los años ochenta del siglo pasado marcó el comienzo del declive de la URSS. Y el conflicto de Chechenia, su momento más crítico, que podía haber sido irreversible fin del antiguo imperio ruso, sumergido en el caos. Sin embargo, no fue exactamente así. Se hundió la URSS, pero no Rusia. La segunda guerra de Chechenia lo hizo patente. Comenzó entonces el ascenso del clan petersburgués. Putin, como primer ministro de Yeltsin, convirtió la guerra de Chechenia en formidable plataforma como candidato a sucederle.
Putin parecía un hombre gris, anodino, manejable por los grupos políticos, económicos y mafiosos salidos de la descomposición de la Unión Soviética y el fin de su régimen comunista. Pero en realidad su presidencia ha supuesto la hegemonía de un clan entre clanes en el seno de una llamada democracia a la que cuadra perfectamente el calificativo de dirigida o autocracia democrática. Con un fuerte referente de autoridad personal: Putin. Y ahora esta trama de poder incluso permitiría que quien es presidente de la República pudiera pasar a ser jefe de Gobierno y quien ocupa la vicepresidencia del gabinete ministerial se anunciara como candidato a la presidencia, sin descartar que en el futuro este tipo de intercambios de sillas y despachos se repita con fórmulas más ingeniosas y variadas.
Es una cuestión de poder, claro. Pero no únicamente. La prioridad es sacar al país de la postración. Devolverle la condición de gran potencia en un mundo cada vez más multipolar. Dispone para ello de una capacidad militar susceptible no sólo de mantenerse, sino de ponerse al día y aumentar, circunstancia favorable para devolver a Rusia su condición de gran potencia. Ala cual ahora se añade la capacidad que otorga a Putin y los suyos el hecho de disponer de enormes reservas de gas y petróleo, aptas para ser utilizadas no sólo como fuente de crecimiento económico sino como instrumento de presión de cara a algunas ex repúblicas soviéticas y a Europa.
Estas ventajas no son suficientes, pero Putin y los suyos las manejan con habilidad como indicación de que Rusia vuelve a ser la gran Rusia, tanto ante los países occidentales como para conseguir la casi unánime adhesión al poder de un pueblo ruso que prefiere recuperar su orgullo nacional y la seguridad de un gobierno fuerte que la implantación intachable de las libertades y derechos humanos de los que no ha disfrutado prácticamente nunca. Por eso el partido de Putin gana las elecciones, sean o no ciertas las denuncias de manipulación. Por eso Putin ha sido elegido dos veces para la presidencia y no por otra cosa su clan tiene las manos libres para distribuirse los papeles en la cima del Estado.
De ahí que se hable de la vuelta a la Rusia autocrática de siempre. ¿Es así? Después de la hecatombe de la URSS, ¿cabe hablar de una Europa enfrentada problemáticamente a Rusia? En los tiempos de la Unión Soviética estaba extendida la idea de que roja o zarista, Rusia permanecía igual a sí misma. Actualmente, el mapa político, militar y económico mundial es mucho más complejo. Y dentro de él, la misma Rusia y el protagonismo internacional que, sin duda, le va a corresponder. Estados Unidos y la Unión Europea lo tendrán que tener en cuenta en el panorama de un mundo en constante variación de sus equilibrios de poder.
Leave a comment